martes, 17 de septiembre de 2013

Parque Nacional El Guácharo,Alejandro de Humbolt

Naturaleza Espectacular.... Parque Nacional El Guácharo
Este parque, con una superficie de 62.700 hectáreas, se encuentra ubicado entre los Estados Monagas y Sucre, cerca de Caripe. La temperatura promedio va de 16°C a 24°C. En el interior de la cueva es de 19°C. El clima es húmedo con precipitaciones de 1.400 mm anuales. El Parque Nacional El Guácharo fue decretado parque nacional el 25 de mayo de 1975, con el fin de garantizar los procesos naturales hidrogeológicos y biológicos que se cumplen en la Cueva del Guácharo, declarada monumento Natural en 1949.
El Parque Nacional El Guácharo posee una variada vegetación, esto se debe a la temperatura media de 21°C y a la zona montañosa con lluvias frecuentes, donde la altura alcanza un máximo de 2.000 metros. Las especies más comunes aquí son el laurel, el guayabito, el bucare, el matapalo, platanillo, el candil, el saisai y el cenicero, así como trepadoras, piperáceas, orquídeas y helechos. Se localizan algunas especies animales como el jaguar, el puma y el cachicamo, también se pueden observar los monos araguato y capuchino, los venados matacán y caramerudo, la lapa, el báquiro careto, el zorro guache y el tapir, entre otros.
Predomina el guácharo entre las aves, ave nocturna que dió el nombre al parque, así como una variedad de atractivos pájaros como el paují de copete, la guacharaca, la pava uguira, la paloma morada, el pico de frasco de esmeralda, el turpial y especies endémicas como el fafao gargantiblanco, la diglossa negra y el ala de sable gris.
El mayor atractivo del parque es la Cueva del Guácharo. Sin embargo, En los alrededores de la cueva existen varios caminos para la práctica de treking que van a diferentes ríos y caídas de agua, como
Salto La Paila
Ubicado frente a la Cueva del Guácharo, este salto se caracteriza por una caída de agua que se desliza por una formación rocosa de 60mts de altura, que observándose horizontalmente se aprecia el nombre que la define, el acceso se hace a través de caminerías construidas en variedades de piedras que se encuentran en sus alrededores, y su recorrido tiene una duración de 25 minutos
Salto El Chorreron
Impresionante cascada de 90mts de altura dentro de la imponente Serranía del Turimiquire, su agua fría y cristalina que se precipitan en medio de la poza, reflejan el cielo y el paisaje a su alrededor. Es un paisaje muy excitante para el disfrute del turismo de aventura, el recorrido parte de la Parroquia Sabana de Piedra, específicamente por las laderas del Parque Nacional el Guácharo.
Dado que el parque se encuentra ubicado en el Macizo de Caripe y estas formaciones rocosas han sufrido una acción disolvente por acción de las aguas subterráneas, se han originado una serie de cavernas y otras formaciones, de gran atractivo, tales como:
CUEVA CLARA: En 1964, Raúl Alvarado, Marcos Sandoval, Ramón Hernández y Carlos Tinoco G, complementaron la explotación de la cueva grande y del sistema constituido por: cueva clara, cueva sucia y cueva mala. La entrada principal a esta caverna es una de las mas importantes vistas en Venezuela y desde el interior parece reproducir el perfil de una cabeza humana. El salón que se encuentra al entrar, mide 105 mts. De longitud por 35 mts. De ancho en su centro y esta prácticamente iluminado en su totalidad. El piso tiene una pendiente hacia el sur, por donde corre un riachuelo que se sumerge entre rocas, en el extremo oeste del salón, la pendiente se forma por bloques elásticos cubiertos por una gruesa capa de semillas de las frutas que sirven de alimentos a los Guacharos.
CUEVA SUCIA: La entrada de la cueva se encuentra al norte del municipio Caripe, es de difícil acceso, tiene una altura de 15 mts. y un ancho de 5 mts; una pendiente de orientada hacia el noreste; por ella sale el riachuelo al exterior de la cueva, el cual descarga sus aguas en el Río Arcacuar afluente del Rió Caripe. Cuenta con una amplia galería de 185 mts. aproximadamente incluyendo dos galerías más que regresan a la galería principal que conduce a una resurgencia intermitente.

La Naturaleza, Nos Ofrece lo Más Bello!!!Protejamosla!!!


El 90% del deshielo de la Antártida se produce en el fondo del océano

16 septiembre 2013 | Haga un comentario


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Un estudio, dirigido por un grupo de expertos, utilizó datos de satélites y modelos climáticos para demostrar que la licuefacción de la plataforma subacuática tiene un impacto tan grande como la fractura de un iceberg para zonas específicas e incluso para la Antártida en su conjunto


Una investigación en Reino Unido reveló que la Antártida pierde más hielo de lo previsto debido a la fusión de la parte inferior de las plataformas sumergidas, lo que representa hasta un 90 por ciento del deshielo en algunas zonas.
De acuerdo al portal RT, estos resultados son cruciales para entender cómo la capa de hielo interactúa con el resto del sistema climático y, en particular, con el océano.
La creación y la fusión de icebergs hace que unos dos mil 800 kilómetros cúbicos de hielo se separen de la capa de la Antártida cada año. La mayor parte de ésta es compensada por las nevadas, pero cualquier desequilibrio contribuye a un cambio en el nivel global del mar.
Hasta ahora, los expertos suponían que la fractura de los iceberg era el proceso responsable de esta gran pérdida; es decir, la ruptura de bloques de hielo en el borde de un glaciar.
El estudio, dirigido por académicos de la Universidad de Bristol, con colegas de la Universidad de Utrecht, Países Bajos, y la Universidad de California, Estados Unidos, utilizó datos de satélites y modelos climáticos para demostrar que esta licuefacción de la plataforma subacuática tiene un impacto tan grande como la fractura de un iceberg para zonas específicas e incluso para la Antártida en su conjunto.
Tras analizar los datos obtenidos a partir de imágenes vía satélite y por expediciones antárticas, los investigadores llegaron a la conclusión de que para algunas plataformas de hielo la fusión en su parte inferior podría ser responsable de hasta el 90 por ciento de la pérdida de masa, mientras que para otras zonas era sólo del 10 por ciento.
“La comprensión de cómo el mayor glaciar del planeta pierde hielo en los océanos es uno de los aspectos más fundamentales que necesitamos conocer sobre la Antártida. Hasta hace poco se asumía que la mayor parte del hielo se perdía a través de icebergs”, explicó el profesor Jonathan Bamber, de la Escuela de Ciencias Geográficas de la Universidad de Bristol.
En ese sentido, apuntó que “ahora nos damos cuenta de que la fusión por debajo de las plataformas de hielo en el océano es igualmente importante e incluso mucho mayor en algunos lugares. Este conocimiento es crucial para entender cómo interactúan las capas de hielo ahora y cómo lo harán en el futuro con los cambios climáticos”.
Fuente/teleSUR

martes, 10 de septiembre de 2013

Efectos de las Guerras en el Ambiente








La Contaminación y la Guerra




Por Lic. Antonio Elio Brailovsky
Ex Defensor del Pueblo Adjunto
de la Ciudad de Buenos Aires
brailovsky@infovia.com.ar

A veces olvidamos que la peor forma de contaminación y del deterioro del ambiente es la guerra. A menudo se silencian sus efectos, en nombre de una política mal entendida. Por eso mismo, nos interesa destacar de qué modo y hasta dónde la actividad militar puede ser contaminante, tanto en la guerra declarada como en la preparación para la guerra.

El primer efecto ambiental es el de usar -es decir, inutilizar- enormes superficies de terreno que podrían emplearse para otros fines. Como todavía pensamos en ejércitos como los de San Martín y Bolívar, nos cuesta trabajo darnos cuenta de la medida en que un ejército moderno es un enorme devorador de espacio y lo que ocurre con ese territorio.
Los ejércitos de la época de Alejandro Magno necesitaban apenas un kilómetro cuadrado para ubicar cien mil soldados. Para la misma cantidad de soldados, Napoleón necesitaba no menos de veinte kilómetros cuadrados. En la primera guerra mundial se usaron doscientos cuarenta y ocho; en la segunda guerra mundial ya eran cuatro mil kilómetros cuadrados y los ejércitos actuales requieren cincuenta y cinco mil quinientos kilómetros cuadrados por cada cien mil soldados en maniobras.
Sobre el efecto ambiental de esas maniobras, un estudio hecho en los Estados Unidos, sostiene que "con su violencia coreografiada, las fuerzas armadas destruyen grandes sectores del territorio que en un principio deberían protegen Las tierras utilizadas para juegos bélicos tienden a sufrir una grave degradación. Las maniobras destruyen la vegetación natural, perturban el hábitat natural, erosionan y condensan el suelo, sedimentan corrientes y causan inundaciones.
Los radios de bombardeo convienen el terreno en un desierto lunar marcado de cráteres. Los campos de tiro para tanques y artillería contaminan el suelo y las aguas subterráneas con plomo y otros residuos tóxicos. Algunos proyectiles antitanque, por ejemplo, contienen bastoncillos de uranio. La preparación para la guerra se parece a una política de tierra quemada contra un enemigo imaginario.
"En los frágiles entornos desérticos, pueden hacer falta miles de años para la recuperación de sistemas naturales. El desierto del sur de California sigue mostrando las cicatrices de las maniobras de tanques realizadas por el general George S. Patton a comienzos de los años cuarenta. Y aún mayores son los daños en Libia, donde los ejércitos británico y alemán tuvieron grandes enfrentamientos durante la Segunda Guerra Mundial".
La guerra del Golfo Pérsico -para dar sólo un ejemplo- provocó consecuencias ambientales muy profundas, tanto en espacios naturales como en los urbanos. Inmensos ejércitos desplazándose por los ecosistemas del desierto provocaron daños enormes sobre los suelos, la vegetación natural y la fauna.
Paradójicamente, la misma guerra suministró sus anticuerpos. Las superficies minadas son tan extensas que durante décadas nadie se atreverá a internarse en esos desiertos, lo que, al menos, no obstaculizará los mecanismos de regeneración natural.
La destrucción de las redes de aprovisionamiento de agua de las ciudades provocó epidemias a las que no se pudo hacer frente, ya que los sistemas de salud estaban desarticulados. Algunas enfermedades se difundieron por simple falta de higiene, pero otras a raíz del bombardeo a los arsenales preparados para la guerra bacteriológica.
Una perversa forma de estrategia llevó a disimular instalaciones militares en áreas urbanas o muy pobladas. Muchas de ellas fueron descubiertas por los sistemas de espionaje y bombardeadas. No hace falta insistir mucho en los efectos de esos ataques sobre la población civil: La propaganda sobre los bombardeos "quirúrgicos" no debería ser tomada demasiado en serio.
No conocemos los efectos provocados por contaminación radiactiva debidos al bombardeo de instalaciones nucleares, pero parecen haber existido, lo mismo que la dispersión de gases tóxicos al atacarse sus depósitos y fábricas.
Al iniciarse la primera guerra del Golfo, se advirtió que el eventual incendio de pozos petrolíferos podía provocar grandes nubes que impidieran la llegada de los rayos del Sol a la Tierra. Existía, se dijo, el riesgo de grandes heladas y de pérdida de cosechas por falta de fotosíntesis. Afortunadamente, el cálculo fue inexacto, el incendio de centenares de pozos de petróleo alteró el clima local, pero no llegó a afectar el clima del mundo.
Aún así, sus efectos fueron catastróficos; las enormes nubes de hidrocarburos afectaron amplias zonas. En Oriente Medio se hicieron frecuentes las lluvias negras que mataron la vegetación y contaminaron los cursos de agua y se espera un gran aumento de los casos de cáncer.
Los derrames de petróleo en el mar han llevado a la muerte de los arrecifes de coral, con la pérdida de la fauna marina asociada y la destrucción de un ecosistema que puede tardar miles de años en recuperarse.
En las guerras recientes se utilizaron proyectiles con uranio empobrecido. Se trata de un material radiactivo que tiene la ventaja desde el punto de vista militar, de ser muy pesado, con lo cual puede perforar blindajes con mayor facilidad, y que se incendia al hacer impacto. El efecto ha sido el dispersar enormes cantidades de materiales radiactivos, con las consecuencias previsibles sobre la salud humana y los ecosistemas.
La actividad militar en tiempos de paz tiene efectos menos catastróficos, pero fuertemente negativos. La forma en que los artefactos bélicos consumen recursos naturales escasos suele ser espectacular y muy poco tenida en cuenta por quienes ponen el acento en la superpoblación. Un automóvil corriente puede recorrer unos diez kilómetros por litro de combustible y un tanque Abrams M-1 anda apenas veinte metros por litro.
En una hora de marcha, ese auto gastaría unos diez litros de combustible. En el mismo lapso, el tanque consume mil cien litros, un bombardero B-52 gasta trece mil setecientos litros y un portaaviones consume veintiún mil trescientos litros de combustible. Como resultado, el Pentágono usa en un mes la misma cantidad de energía que gasta en un año todo el sistema de transporte masivo de los Estados Unidos.
Un tema del que nadie quiere hablar es qué se hace con el material bélico que termina su vida útil. Los explosivos -al igual que muchos otros productos químicos, como los antibióticos- tienen una vida útil determinada, después de lo cual ya no actúan adecuadamente. Pueden estallar antes o después de lo previsto, o no hacerlo, o explotar espontáneamente, o hacerlo con una intensidad diferente de la esperada.
Todas las fuerzas armadas y de seguridad del mundo tienen que deshacerse de la munición vencida, operativo extremadamente peligroso y, a menudo, contaminante. En ocasiones se la destruye, pero muchas veces se la venden a otros países, ocultando su calidad o la derivan para usos civiles. Ésa es una causa frecuente de accidentes cuando se emplean explosivos en la minería o para la demolición de edificios.
Con este dato, no sorprende saber que las fuerzas armadas del planeta aportan el diez por ciento del total de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Además, usan el once por ciento del cobre, el nueve por ciento del hierro, el seis por ciento del aluminio que se consume en el mundo, y así, sucesivamente, con muchos otros minerales.
"En su incesante búsqueda de proezas y preparación -dice un estudio ya citado- las fuerzas armadas están envenenando las tierras y a las gentes a las que deberían en principio proteger. Residuos tóxicos militares contaminan el agua utilizada para beber y para el riego, matan a los peces, ensucian el aire y hacen inutilizables vastas extensiones de tierras para las generaciones venideras. Después de haber sido durante décadas los vaciaderos de un caldo letal de materiales peligrosos, las bases militares son ahora para la salud, bombas de tiempo que estallan en cámara lenta".
Producir, almacenar, reparar, transportar y descartar armas convencionales, químicas y nucleares genera enormes cantidades de materias perjudiciales para la salud humana y el ambiente. Estos desechos incluyen combustibles, pinturas, disolventes, metales pesados, materiales radiactivos, pesticidas, bifenilos policlorados, cianuros, fenoles, ácidos, álcalis, propulsantes y explosivos. Las fuerzas armadas de Estados Unidos y de la ex Unión Soviética han sido durante largos años, los principales productores de desechos tóxicos del mundo.
En todos los países, el grado de secreto que rodea estas actividades dificulta el control de la contaminación. Los cambios en el mapa político del mundo y el fin de la guerra fría muestran ahora lo que se ocultó durante décadas. Tanto las bases norteamericanas en Europa Occidental como las soviéticas en Europa Oriental son puntos de muy alta contaminación, en los que se han volcado desechos tóxicos de todo tipo, se han arruinado grandes extensiones de suelos y de napas subterráneas. A punto tal que un tema político delicado es definir quién va a pagar la descontaminación de esos terrenos.
A lo anterior se agregan las enfermedades ocupacionales en el personal que trabaja en las bases militares, manipula sustancias tóxicas de uso bélico o que se desempeña en la industria de armamentos. Es este un tema del cual empieza a hablarse desde hace muy poco tiempo en otros países y aún no se ha mencionado en la Argentina.
Pero los efectos ambientales no se reducen a los provocados por los ejércitos regulares. También los movimientos guerrilleros son responsables de una intensa degradación ambiental. Por ejemplo, los grupos irregulares de Colombia han efectuado numerosos atentados a los oleoductos, para afectar la economía del país. Solamente en 1988 hubo más de medio centenar de estos atentados, con la consiguiente contaminación de suelos, de aguas superficiales y subterráneas.
Agregamos que las instalaciones militares son susceptibles de accidentes y atentados, con graves consecuencias sobre la población civil, como ocurrió en la Fábrica Militar de Río Tercero (Córdoba).
Y cuando los dos bandos actúan conjuntamente, la situación puede empeorar notablemente, como ocurrió en diversos países de América Central, donde gran parte de las tierras en las que se efectuaron combates fue arrasada. Continuos incendios, bombardeos y sabotajes fueron transformando los campos de batalla en un desierto. "El Salvador es un desastre ecológico que ya ha sucedido. Sus vecinos son desastres ecológicos en varias etapas por suceder", sostuvo el periodista Walter Anderson, de Los Angeles Times.
Pero si las guerras convencionales y aún la paz armada provocan serios impactos ecológicos, está claro que la peor situación posible se encontraría en la eventualidad de una guerra nuclear.
A lo que ya se sabía sobre los efectos de las explosiones atómicas y las radiaciones se agregaron en la década del ochenta, una serie de hipótesis sobre la forma en que una guerra atómica podría llegar a afectar el clima mundial. Las conclusiones de diversos estudios sobre este tema reforzaron, en su momento, las políticas de distensión entre el Este y el Oeste. Quedaba claro que el ganador de una guerra nuclear no podría habitar el planeta que tan duramente conquistara.
Veamos por qué.
Una gran cantidad de bombas atómicas provocaría la destrucción casi total de la capa de ozono, con los previsibles efectos devastadores sobre los que sobrevivieran. Se agrega que hoy los huecos de ozono pueden reconstruirse en un verano, pero no sabemos cuánto tiempo tardaría la recomposición completa del ozono atmosférico. ¿Podrían ser tiempos geológicos?
El conjunto de incendios y explosiones inyectaría una gran cantidad de humo y polvo en la estratosfera, la que es enormemente estable. Ese humo y polvo estarían allí durante mucho tiempo, oscureciendo la atmósfera terrestre. La temperatura descendería bajo el punto de congelación y las plantas morirían de frío o por falta de fotosíntesis. La expresión "invierno nuclear" fue el golpe final que terminó por desplazar políticamente a los belicistas de las grandes potencias. Nadie estaba dispuesto a correr ese riesgo. @

(*) Del libro "Ésta, nuestra única Tierra", Buenos Aires, Editorial Maipue, 2004, cuya autoría pertenece al escritor de esta nota.

Efectos de la Guerra en el Ambiente...

La guerra contra el medio ambiente

guerra
La Guerra siempre trae consigo consecuencias atroces para el conjunto de la sociedad. Una de las partes más afectadas y, en ocasiones, la causa misma del conflicto, es el medio ambiente y los recursos que éste puede aportar, como el famoso caso de los Diamantes de Sangre en África. Por otra parte, se ha utilizado la destrucción del medio natural como ofensiva para desestabilizar al contrincante en un conflicto armado, especialmente en los de tipo transfronterizo.
Aunque ya hace 5000 años en Mesopotamia se demolían los diques para inundar tierras enemigas, la preocupación por las secuelas de la guerra en el medio ambiente empezó a hacerse notar cuando  el ejército americano lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 que provocaron un desastre de proporciones desmesuradas. Aquel suceso fue sólo el principio de una crisis nuclear cuyas consecuencias continúan hoy en día.
En 1965, Estados Unidos actuó de nuevo, en esta ocasión sobre Vietnam. El setenta por ciento de los poblados quedaron destruidos, diez millones de hectáreas de tierra inutilizadas y una tercera parte de los lagos de Vietnam del Sur desaparecieron debido a la experimentación con armas químicas y biológicas. Cuarenta años después, esta zona no tiene apenas vegetación. Especialmente reseñable en este conflicto es la operación Ranch Hand, llevada a cabo a finales de los años sesenta. El objetivo de la operación era conseguir la defoliación de la selva vietnamita para expulsar a los “combatientes comunistas”, para lo que se fumigaron en el país unos 70 millones de litros de herbicidas muy potentes sobre una superficie aproximada de 1,7 millones de hectáreas. El conocido “agente naranja” tuvo efectos medioambientales catastróficos: una quinta parte de los bosques de Vietnam del Sur fue destruida químicamente y más de un tercio de los manglares desaparecieron. En esta operación se arrasaron, además, unas 300.000 hectáreas de bosque con maquinaria pesada. En la actualidad, los terrenos están ocupados por matorrales, lo que no supone su recuperación completa.
El primer impacto ambiental de una guerra es la inutilización del terreno para disponer los efectivos militares.
Tampoco hay que olvidar uno de los desastres ecológicos más importantes del siglo XX, la Guerra del Golfo. Durante el conflicto, Sadam Hussein ordenó el ataque de 730 pozos petrolíferos, de los cuales 630 fueron incendiados. La mayoría de ellos estuvieron arrojando petróleo en el desierto durante meses, produciendo unas grandes nubes de humo que se desplazaron por todo Oriente Medio. Junto a las nubes aparecieron las lluvias negras, que aniquilaron la vegetación y contaminaron las aguas. De este modo, se esparcieron aproximadamente 10 millones de m3 de petróleo, de los cuales un millón alcanzaron el Golfo Pérsico. Se calcula que la magnitud del desastre fue entre 10 y 12 veces mayor que el accidente de Exxon Valdez, en el que se vertieron al mar la cantidad equivalente a once millones de barriles de crudo. A esto hay que sumar los tanques, camiones y demás maquinaria pesada que se utilizaron, que destruyeron el suelo y asolaron la vegetación de la zona.
tanque
Estos son sólo algunos casos de cómo en entorno se ve afectado negativamente por los conflictos bélicos o es el mismo causante. Los daños perduran mucho tiempo después de que se restablezca la paz. El caso de Libia en la actualidad, aunque responde a causas humanitarias, tendrá consecuencias serias para el entorno y los recursos naturales del país.
Los impactos de una guerra
En general, el primer impacto ambiental de una guerra es la inutilización del terreno para disponer los efectivos militares. Las maniobras y juegos bélicos destruyen la vegetación a la vez que erosionan y compactan el suelo. Las armas contaminan con plomo y otros residuos tóxicos las aguas subterráneas, mientras que los bombardeos siembran de cráteres  el área donde se producen.  Además de todo esto, se estima que las fuerzas armadas son las responsables del 10% del total de emisiones de CO2 atmosférico, debido al gasto de combustible que supone el transporte y movilización de los ejércitos.
Durante la Guerra del Golfo, Sadam Hussein ordenó el ataque de 730 pozos petrolíferos, de los cuales 630 fueron incendiados
No hay que olvidar los desechos que se producen a consecuencia de un conflicto. Metales, pinturas y disolventes, combustibles, pesticidas…  derivados de la producción, almacenaje, transporte y descarte de armas de todo tipo se acumulan sin control, degradan gravemente el entorno y perjudican a la salud.
Por último, los desplazamientos debidos a una guerra tienen también un impacto en el medio ambiente.
Cuando el número de refugiados es significativo, la huella en la naturaleza puede convertirse en un problema en el futuro. Deforestación, erosión del suelo, agotamiento de agua disponible, competencia por los recursos… son sólo algunos de los problemas que conlleva la huída de una población en guerra, a la que no se puede exigir anteponer el respeto por el entorno a su propia seguridad y bienestar.
tanque
Los datos de degradación del medio natural causados por los refugiados dan una idea del impacto a escala mundial. En Tazania, en el momento más crítico de la crisis de refugiados entre 1994 y 1996, se ocuparon 570 km2 de bosque, de los cuales 167 fueron gravemente deforestados. Esto no supone una gran superficie, pero sin embargo el conflicto en Ruanda y los sucesos que desencadenó en el Este de la República Democrática del Congo (antiguo Zaire) en 1994 son una de las principales causas de la deforestación de África central. Durante los 90, unos 600.000 refugiados que escapaban a Guinea por los conflictos en los vecinos países de Sierra Leona y Liberia causaron una transformación de las zonas forestales con serias consecuencias para la biodiversidad y la red hidrográfica, según informó el PNUMA.
Casi tanto perjuicio como los refugiados causan los guerrilleros, especialmente cuando necesitan saquear los recursos naturales de una zona para financiar la compra de armas. En ciertas partes de África, por ejemplo, la fuente principal de ingresos para la adquisición de armamento es la venta de valiosas especies arbóreas, algo que también ocurrió en Camboya.
Con esta perspectiva, no es extraño que la ONU designara un día para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la guerra y los conflictos armados (6 de noviembre) y que el Programa de Naciones Unidas para Medio Ambiente cuente con un programa específico de ayuda tras la destrucción del medio ambiente en los conflictos. Tristemente, no parece que los las guerras vayan a disminuir, y mucho menos sus consecuencias ambientales.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Efectos de Las Guerras en el Ambiente y seres Vivos...


GUERRA Y MEDIO AMBIENTE: REACCIONES EN CADENA

Fred Pearce, especialista en medio ambiente, colaborador del semanario británico The New Scientist.

Uno de los numerosos niños vietnamitas víctima de la exposición de sus padres al agente naranja.






Refugiados rwandeses en el bosque de Giseny, Rwanda, en octubre de 1996.


Se estima que en total hay 65 millones de minas antipersonal que siguen amenazando a la población y a la vida salvaje en 56 países, de Angola a Nicaragua, de Eritrea a Lao.
Los conflictos recientes han dañado gravemente el medio ambiente. Para los seres humanos y la naturaleza, los daños perdurarán hasta mucho después de que se restablezca la paz.

La preocupación por las consecuencias de la guerra para el medio ambiente surgió después de la operación Ranch Hand, llevada a cabo en Viet Nam por Estados Unidos en los años sesenta. Su objetivo era defoliar la selva para expulsar de ella a los combatientes comunistas. Entre 1962 y 1971 la aviación militar estadounidense arrojó sobre ese país unos 70 millones de litros de herbicidas muy poderosos, en particular el “agente naranja”: unos 1,7 millones de hectáreas fueron así “rociados” en varias oportunidades. Al término de la guerra, una quinta parte de los bosques de Viet Nam del Sur había sido destruida químicamente y más de un tercio de los manglares había desaparecido. Si algunos bosques han logrado recuperarse, en su mayoría se han convertido en matorrales, al parecer definitivamente.Un experimento químico injustificado
Desde el comienzo se manifestaron temores en cuanto a la toxicidad del agente naranja para los seres humanos y los vegetales. En 1964, la Federación de Científicos de Estados Unidos condenó la operación Ranch Hand, considerándola un experimento químico injustificado. Pero sólo fue suspendida tras la publicación de varios informes, en 1970 y 1971, que establecían una relación entre las malformaciones de los recién nacidos y el agente naranja. Las investigaciones ulteriores demostraron que uno de sus principales componentes, el “2,4,5-T”, provocaba sea anomalías, sea la muerte en fetos de rata: contenía dioxina, que resultó ser uno de los venenos más poderosos jamás conocidos. La dioxina perturba las funciones hormonales, inmunitarias y reproductivas del organismo, y altera la calidad del esperma en el hombre.
La naturaleza ha eliminado ya en buena medida la dioxina de la vegetación y los suelos vietnamitas, pero esa sustancia sigue presente en la sangre, en los tejidos adiposos del ser humano y en la leche materna. Según Le Cao Dai, director del Fondo para las Víctimas del Agente Naranja constituido por la Cruz Roja vietnamita, la leche de las mujeres expuestas al agente naranja en el ex Viet Nam del Sur, contiene unas diez veces más dioxina que la de las mujeres del ex Viet Nam del Norte o de países como Estados Unidos.
Se han observado malformaciones espantosas en los hijos de ex combatientes expuestos al agente naranja o a otros pesticidas. Según el profesor Hoang Dinh Cau, presidente del comité vietnamita encargado de investigar sobre las consecuencias del empleo de armas químicas durante la guerra, decenas de miles de niños se vieron afectados. Nacieron con deformaciones de los miembros, con un miembro menos o con ojos sin pupila. Se teme que la tercera generación también sufra sus efectos.
Los ataques iraquíes contra la población civil kurda entre abril de 1987 y agosto de 1988 provocaron también efectos a largo plazo, si bien éstos son difíciles de estudiar en el lugar. En Halabja, ciudad bombardeada durante tres días en marzo de 1988 con agentes químicos y biológicos, 5.000 a 7.000 personas perdieron la vida y decenas de miles resultaron heridas. La primera investigación médica fue realizada en 1998 por la doctora Christine Gosden, profesora de la Universidad de Liverpool. En su informe al Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme, señala casos de cánceres raros, malformaciones en los niños, abortos naturales, infecciones pulmonares recurrentes y problemas neuropsiquiátricos graves. El gas de mostaza (iperita) quemó córneas, provocando casos de ceguera. Y existe el riesgo de que aparezcan cánceres cinco o diez años después de la exposición, añade Gosden.
Todas las guerras provocan daños ambientales. Algunos son deliberados, por razones militares. La defoliación del Viet Nam corresponde a esta categoría, así como la devastación, con maquinaria de gran tamaño, de 300.000 héctareas de bosque, que acompañó la operación. Otras destrucciones, también deliberadas, persiguen un objetivo militar menos claro, como el sabotaje ordenado por Sadam Hussein de los pozos petrolíferos de Kuwait en 1991, en el momento culminante de la guerra del Golfo. De los 730 pozos atacados, unos 630 fueron incendiados. En su mayoría arrojaron durante meses su petróleo en el desierto, despidiendo un espeso humo negro. En un momento dado 300 lagos de petróleo cubrían 50 km
2 de desierto. Se estima que 10 millones de m3
de petróleo se esparcieron así, un millón de los cuales se precipitaron en el Gofo Pérsico, provenientes de sabotajes iraquíes pero también de bombardeos de instalaciones estratégicas por Estados Unidos y otros países. Ello acarreó una contaminación masiva de las costas de Kuwait y Arabia Saudí, que puso término a la pesca de la gamba. Los estudios realizados cinco años después demostraron que el ecosistema costero saudí se había restablecido en gran parte, pero la población de tortugas que anidaba en las islas del Golfo no recuperó su nivel anterior.
Cuando Sadam Hussein amenazó con incendiar los pozos, algunos científicos temieron que el humo, al llegar a las capas superiores de la atmósfera, perturbara fenómenos climáticos planetarios como el monzón. Se comprobó que esos temores carecían de fundamento. Pero una lluvia de hollín, de partículas cancerígenas y de dióxido de azufre cayó sobre cientos de kilómetros en torno al Golfo. En Kuwait hubo una “noche a mediodía”, con un aumento pronunciado de las infecciones respiratorias. Fueron necesarios seis meses (y 10.000 millones de dólares) para apagar los incendios y reparar los pozos. El desierto todavía está manchado con capas de petróleo viscoso.
Esa guerra causó otros perjuicios al desierto. Miles de búnkers, de escondrijos de armas y de trincheras rompieron el lecho de grava que permitía contener las dunas. Los tanques y los camiones horadaron suelos frágiles y destruyeron la vegetación. Según el Instituto de Investigación Científica de Kuwait, más 900 km
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de desierto fueron dañados por vehículos militares y movimientos de terreno, como consecuencia de lo cual avanzaron las dunas y recrudecieron las tempestades de arena y la erosión.
Los daños al medio ambiente provocados por las guerras son en buena medida involuntarios y “colaterales”. Según Arthur Westing, especialista en impacto de los conflictos, durante la guerra del Golfo Estados Unidos lanzó 60.000 bombas de fragmentación, que contenían unos 30 millones de minibombas. Estas tapizan el desierto, junto a unas 1,7 millones de minas antipersonal colocadas por los iraquíes. Aunque en su mayoría fueron destruidas ulteriormente, el ecosistema del desierto ha quedado afectado.
Se estima que en total hay 65 millones de minas antipersonal que siguen amenazando a la población y a la vida salvaje en 56 países, de Angola a Nicaragua, de Eritrea a Lao. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, a ellas se deben mensualmente unas 800 víctimas fatales y millares de heridos. Se estima que han provocado 36.000 amputaciones en Camboya y 23.000 en Somalia. Consecuencia trágica de las inundaciones catastróficas en el sur de Mozambique en febrero de 2000: las minas antipersonal legadas por la guerra civil que asoló el país fueron arrastradas de los campos inventariados a las aldeas.
Refugiados y deforestación
Desde hace poco existe inquietud sobre las consecuencias a largo plazo del empleo de uranio empobrecido —material escasamente radiactivo pero denso utilizado para que los proyectiles puedan perforar el revestimiento de los tanques. Durante la guerra del Golfo unas 300 toneladas de uranio de ese tipo se desparramaron en los campos de batalla. Aún no se sabe con exactitud qué efectos pueden tener los desechos radiactivos dejados por esas municiones en la salud y el medio ambiente. Suele afirmarse que el uranio empobrecido podría ser el causante de un aumento de la incidencia de cánceres en el sur de Irak y de graves malformaciones en los niños nacidos de soldados expuestos. Pero ningún estudio ha confirmado esa relación.
Otra causa de perjuicios para el medio ambiente es la afluencia de refugiados, cuya presencia afecta a los recursos naturales. El conflicto en Rwanda y los sucesos que desencadenó en el este de la República Democrática del Congo (R
DC, antiguo Zaire) son una de las principales causas de la deforestación de Africa central. El Parque Nacional de Virunga, primer parque africano de ese tipo establecido en la frontera entre la RDC y Rwanda, ha sufrido las consecuencias. La Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) informó de que en seis meses los refugiados rwandeses y los soldados hutus de los campamentos situados en torno a la ciudad de Goma (RDC) habían destruido 300 km2 del parque en busca de leña y de algo de comer. La UICN
estimó que en los momentos cruciales de la crisis unos 850.000 refugiados que vivían en el parque o en sus inmediaciones retiraban diariamente entre 410 y 770 toneladas de productos forestales. Los soldados zaireños aprovecharon la confusión para vender la madera del parque a los refugiados y a los organismos de socorro.
Durante los años noventa otros conflictos civiles o fronterizos en Africa acarrearon las mismas consecuencias. En marzo de 2000, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señaló, en el sur de Guinea, una “transformación de las zonas salvajes y forestales”, con “graves consecuencias para la biodiversidad y la red hidrográfica”, a raíz de la llegada de unos 600.000 refugiados que escapaban de los recientes conflictos en los vecinos países de Sierra Leona y Liberia.
Los guerrilleros causan tantos perjuicios como los refugiados, sobre todo cuando deben obtener el sustento de la tierra o saquear los recursos naturales de la región donde combaten para financiar la compra de armas. En Africa occidental y central, en estos últimos diez años, la guerrilla se ha financiado derribando y vendiendo valiosas especies forestales. La misma situación se presentó en Camboya. En los años ochenta los combatientes somalíes fueron a menudo los instigadores del tráfico de marfil. En el Parque de Virunga y en otros lugares, los gorilas de las montañas fueron masacrados durante la guerra de Rwanda.
Siempre ha habido una relación entre guerra y medio ambiente. Hace 5.000 años, durante los primeros conflictos entre ciudades de la Mesopotamia, se demolían los diques para inundar las tierras enemigas. Quizás por primera vez, durante la guerra del Golfo, hubo preocupación respecto de las consecuencias ecológicas incluso antes de que los hechos anunciados se produjeran. Durante la guerra del Kosovo, los efectos de los bombardeos de fábricas en el medio ambiente a menudo se destacaron más en las noticias que los perjuicios económicos que se intentaba provocar.
Es evidente que las acciones militares rusas en Chechenia o en Afganistán fueron igualmente nefastas para el entorno que las de Estados Unidos y de sus aliados en el Sudeste Asiático, en el Golfo o en otros lugares. Pero la información disponible es mucho más escasa y las investigaciones independientes brillan por su ausencia. En Chechenia, los combates militares son tan violentos que por ahora los perjuicios sufridos por el medio ambiente y la contaminación del agua apenas han despertado interés, pese a su importancia probable cuando llegue el momento de la reconstrucción. Y en Afganistán el carácter permanente de los conflictos hace difícil cualquier evaluación seria de las consecuencias de veinte años de guerra.

 

Playas y Turismo en Venezuela...

Playas y selva son los principales destinos turísticos


En esta temporada de vacaciones se producen 17 millones de desplazamientos de personas en todo el territorio nacional
   
Playas y selva son los principales destinos turísticos





ÚN | AVN.- Venezuela está en medio de su principal temporada vacacional, correspondiente al receso del año escolar, en la que se producen unos 17 millones de desplazamientos de personas en todo el territorio.

Las playas siguen siendo el destino que prefiere la mayoría de los venezolanos para pasar su temporada de descanso. Más de 17 millones de turistas nacionales y unos 780.000 internacionales recorrieron el país durante todo 2012, de acuerdo con cifras del Ministerio de Turismo.

De ese número, casi nueve millones se concentraron en nueve entidades del país caracterizadas por atractivas playas: Nueva Esparta, Miranda, Falcón, Carabobo, Aragua, Anzoátegui, Vargas, Sucre y las Dependencias Federales.

En el primer lugar de la captación de turistas aparece el Distrito Capital, con unos dos millones 266.000 venezolanos y 236.000 extranjeros contabilizados como turistas. Caracas, sede de los poderes públicos, suele ser el punto de inicio de los recorridos de los temporadistas.

Aunque en segundo lugar para los turistas internacionales está Nueva Esparta, que abarca la isla de Margarita, con 167.000 visitantes, esta entidad ocupa el duodécimo puesto en cuanto a los turistas nacionales.

El estado Bolívar se introduce en las preferencias de los turistas para marcar una alternativa a la opción de las playas. Sus selvas, tepuyes, saltos de agua, el encuentro con la naturaleza más salvaje que representa el Parque Nacional Canaima, patrimonio de la Humanidad, logran que esta entidad del sur del país se ubique como el tercer destino más visitado por los turistas extranjeros, con 47.000 visitas el año pasado, y en el octavo para los nacionales, con 888.000 personas.

El llano venezolano también tiene su lugar entre los destinos más visitados. Barinas y Guárico son de los lugares preferidos por los nacionales, con un total de un 1.024.000, y 554.000 visitantes extranjeros en 2012.

Adicionalmente, hay espacios montañosos de gran belleza y de clima agradable, representados en los estados andinos: Mérida, Táchira y Trujillo, que gozan de preferencia entre los turistas nacionales, con 572.000, 457.000 y 431.000 visitantes respectivamente en 2012.

En el país hay un total de 305.616 plazas/cama, distribuidas en 3.776 establecimientos de alojamiento turístico, inscritos en el Registro Turístico Nacional.

Actualmente, el Gobierno nacional hace inversiones en atractivos turísticos (el Teleférico de Mérida será reinaugurado el próximo año, al igual que el Hotel Humboldt de Caracas, por ejemplo), jornadas de voluntariado social para limpiar las playas y se prevé convertir a las islas La Tortuga, La Orchila y La Blanquilla en espacios turísticos de alto nivel con vocación ecológica.



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